La fibromialgia como mar adentro

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Ilustración: Kathrin Honesta

“Un mar en calma nunca hizo un marinero experto”. Proverbio

Estar diagnosticada de fibromialgia y convivir día a día con todos los síntomas que implica, es como sumergirse mar adentro. Nunca quieto, siempre latente, moviendo todo, alejando cosas, trayendo otras a la orilla, devolviendo pensamientos olvidados, abarcando nuevos espacios. Infinito, así es como se siente, como el agua que te rodea, que lo cubre todo, a veces más agitado y espeso, otras más calmo y transparente, pero siempre imponente, amplio, desafiante.

Las crisis de dolor son como una gran ola, pueden tumbarte por completo, dejarte casi sin aliento, agotada de luchar con la fuerza del mar, que te arrastra una y otra vez mientras intentas mantenerte firme. En esa misma analogía, hay dos formas de enfrentar una gran ola: mantenerse firme frente a su golpe o sumergirse bajo ella.

Cuando intentas mantenerte firme, parece que estuvieses ganando la pelea. Con la cabeza en alto, evitando que el agua impida la respiración, usando toda tu fuerza en sobrellevar el impacto es probable que puedas sentir cierto nivel de satisfacción al pensar que esa ola no pudo botarte. De alguna manera fuiste más fuerte. Pero es imposible mantener esa posición permanentemente, ola tras ola. Hasta las rocas se ven erosionadas por el oleaje, cómo podríamos nosotros mucho más quebrantables no sufrir el golpe permanente sin consecuencias. Imposible.

Por otra parte, cuando te sumerges bajo la ola, por unos instantes simplemente estás rodeado del mar y su fuerza, pareciera que te rendiste, pero en verdad lo que estás haciendo es usar tus fuerzas de una forma más óptima, abrazas el agua que te rodea, tratas de moverte con ella, esperas que pase y vuelves a levantar la cabeza. Respiras. No importa si el agua lo cubrió todo o si tuviste que tocar fondo un instante, simplemente fue un impulso para levantarte hasta la siguiente ola.

Cuando una ola de dolor me invade también siento que me ahogo, me aterra perderme en ese mar de dolor e incertidumbre, pero estoy aceptando que es mejor sumergirme en ello. Cada vez que trato de mantenerme erguida frente al dolor, es cuando más me debilito. Me consume la rabia de pensar por qué a mí, por qué ahora, por qué no puedo salir de esto. No sólo parece enloquecerme el dolor físico, sino que la incertidumbre de no saber cuándo pasará también me recorre como un látigo. Así, como en cualquier otra dolencia, el dolor se amplifica y pareciera que la ola simplemente me arrastra cada vez más mar adentro.

Así que trato de sumergirme en las aguas agitadas de mi propio dolor, aceptar que no todo tiene una razón, que no es más justo si le pasara a alguien más, que a veces no tiene significado, que no voy a encontrar respuesta a eso. Que debo contener mis propios miedos y concentrarme en ese pequeño instante donde debo reunir fuerzas para sacar de nuevo la cabeza a flote, que, aunque parezca difícil, el agua se volverá más calma si yo logro soltar la ansiedad de manejar una situación que simplemente no se puede. Dejar de luchar como si peleara con ello, seguir luchando como quien escucha a su enemigo.

Ahora estoy en medio de una ola. Con la cabeza sumergida escribo esto para apalancar mi salida, confiando en que convivir con este mar profundo no es mantenerse inmóvil, sino dejar que el agua corra..

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